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Eran las once de la noche y volvía del gimnasio. Tímidos copos de nieve amenazaban con caer y teñir de blanco lo que a su parecer era un mundo sólo digno de ser descrito como gris, o en su defecto, acromático.

Estaba helada, no importaba si hubiera sido de día y hubiera hecho sol, ella siempre sentía ese frío que habitaba en lo más hondo de sus huesos. Sus tripas rugían, sus músculos clamaban al cielo por un descanso, aunque sólo fuera un momento. Pero ¡no! se repetía sin cesar como si recitara un mantra, su meta no permitía titubeos.

Una ducha de agua caliente no hacía más que confirmar sus miembros doloridos, su alma quebrada.

Que ilusa fue al pensar que un día podia llegar a ser feliz, un poquito más sólo un poquito más, la perfección ese anhelo inalcanzable que le atormentaba le suspiraba al oído. -Tú puedes hacerlo-, se decía así misma incansablemente, la gente empezará a darse cuenta de que existes, gustarás, causarás envidia. Encontrarás el amor, tendrás amigos que se acordarán de ti. ¡Ja!, el dueño de su conciencia se carcajeaba recordándole que está sola, que siempre lo ha estado y siempre lo estará.

Son las 4 de la mañana. Está tumbada en su cama. La habitación está impoluta, ninguna mota de polvo osaría perturbarla. Todo está oscuro pero sigue allí, sigue allí esa persona que la observa y se mofa constantmente. Cierra los ojos pero la imagen está impresa en su mente.

Un día, por fin se arma de valor y le pregunta ¿quién eres, qué quieres?. La silueta le mira asombrada y desaparece.

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